Robert Graves tiene claro que ni una persona en todo Winchester se atrevería a decir que «Blackhill» está maldita. La compasión más elemental impide que alguien se refiera a la antigua mansión familiar, ahora reconvertida en orfanato, como algo distinto a un «verdadero hogar» para los niños que allí alberga. Niños a los que, en apariencia, nadie quiere adoptar.